Melek Taus
La llanura de la Necrópolis de Gul había quedado atrás y
nuestras extenuadas bestias decidieron detenerse pues una de ellas cargaba el
peso de un hombre de más. Habíamos encontrado a un hermoso joven tirado al lado
del camino y a quien mi compasión salvó de la muerte a causa de la deshidratación
y el hambre. Aquel muchacho llevaba el sufrimiento de los corazones perdidos y
su triste rostro contrastaba con el hermoso Desierto de los pesares, lugar de
altas y doradas dunas a quienes el sol bañaba todos los días del año.
Dos horas después de habernos detenido, ya habíamos servido
y consumido las viandas y saciado nuestras necesidades, pero aquel mozo a pesar
de sonreír al escuchar nuestras anécdotas de gente nómada y las aventuras de
quien no tiene techo, exudaba la tristeza ya mencionada. Un momento de silencio
reflexivo fue interrumpido por Mijaíl,
quien me demandó la ubicación de la cueva escondida de Melek Taus sin darse
cuenta que estaba detrás de él. Al saberlo, pronunció palabras de
agradecimiento, un adiós que hasta el día de hoy no se ha convertido en
salutación y nos dio la espalda para adentrarse en aquella cueva atípica para
un desierto como en el que nos hallábamos.
Les di la espalda a aquellos hombres Tuareg. Introduje mi
ser en aquella oscura y extraña cueva aun sin entender porque una guarida de
ese tipo se hallaba en un desierto. Se podía distinguir el olor a orín y estiércol
de bestia pero también mi olfato percibía la fragancia de violetas en un campo
verde después del roció de la mañana. El oscuro lugar ofrecía una luz al final de
aquel camino repleto de huesos de animal y ratas que retozaban en medio de su
propia inmundicia.
Llegué a la luz de esperanza y accedí a lo que parecía un
cuarto lleno de dorada luz y en cuyo centro se encontraba lo que se asemejaba a
una peana con la inscripción “Yo soy el que soy” Al leer aquel epígrafe mis
entrañas se contrajeron y me sentí con nauseas pues aquel momento se parecía
mucho a mis ensueños y el conocimiento de que era la realidad de los mortales
la que me ofrecía aquella escena me enfermaba. Súbitamente, la estatua de una
mujer de hermoso cuerpo apareció ante mí y sobre la peana. Era Abrahel, forma
femenina que encarnaba todos mis deseos, mi más grande miedo y el incalculable
amor que viaja durante eones rozando cuerpos celestes y palpando sirenas mudas.
Mi amada dejó de ser estatua para mirarme a los ojos y pronunciar mi nombre, en
sus manos que se extendían juntas hacia mí apareció un corazón latiendo muy
lento y me fue ofrecido.
Así hablo Abrahel:
-
He aquí tu famélico corazón. Dale de comer pues está
llamando a las puertas de Azrael.
La mirada de mi idolatrada era distinta, no había amor en
sus ojos y sus palabras producían vibraciones y ondas que llegaban a mi ser de
manera insípida. Aquella indiferencia en su ser era la cama de clavos que le
esperaba a mi caída. El dolor fue tan robusto y penetrante que extraviaron del
mar de mi mente la idea de que allí encontraría a Melek Taus y que podría
olvidar a Abrahel.
Así hablé a Abrahel:
-
Virgen desconocida bajando de entre las nubes.
Anhelo que tomes mis manos, pues es lo único visible en medio de todo este lodo
que me absorbe. Tira fuerte ya que yo mismo deseo aferrarme a este estiércol.
Ten piedad, ten misericordia. ¿Por qué mis ojos aun te ven si sé que ya no estás?
Presencia inútil que ansían mis entrañas, que invade mi sinapsis y que no me
deja caminar con paso firme ¿Cuándo será que tu imagen de ídolo se irá de ese
altar de esmeraldas? Pues ojos tienes pero no me ves, manos posees pero no me
tocas y pies te sostienen pero no te acercas. Ahora pues toma mis rezos y
ofrendas para que tal vez puedas seguir adelante porque difícil cosa para mi
es.
Hoy me das la parte de mí que extravié
aquella noche triste. Me entregas un corazón vacante, despejado. En mi herida
profunda y abierta, introduces tu dedo contaminado, me lastimas, me infectas,
me enfermas. Sigo entonces con pesado paso mi caminar, tambien con el dolor
punzante pensando en un mejor porvenir. El futuro lo pienso, sin verlo, pero sé
que allí estará cuando al otro lado del camino la herida haya sanado y estando ahí
me recibirá un regazo donde por fin podré dormir y recordar con amor tus afectos
y tu sonrisa de primaveras fugaces.
Mis ojos empapados vieron que la aparición de mi amada ya no
estaba y en lugar de ella yacía Melek Taus sentado en su trono hecho de las lágrimas
que lloró durante miles de años.
Así habló Melek Taus:
-
Mijaíl, hijo mío. Finalmente comprendiste que tu
amada, aquella piedra angular de tus edificaciones oníricas, no debía ser
olvidada y que el exilio que algún día decidiste emprender debía ser la fuente
de tu libertad y no de ese dolor que hoy con gran valor has vencido. Enfrentaste
la causa de tus más grandes afectos. Por todo esto y por tu gran coraje puedes
seguir en paz tu camino. Ahora vete necesito dormir.
Así lo hice, continué con mi andar y pensé:
-
Abrahel, matarte fue difícil. Ahora has vuelto a
la vida transfigurada y sigues siendo razón de mi sonreír. Mis pasos me
llevarán a nuevos caminos que recorreré sabiendo que hiciste parte de mí, que
mi rio entró en tu mar y que me amaste en gran manera. Hoy es un gran día para
morir.