“Te contaría mis secretos pero los buitres vuelan encima de
nosotros ahora. El tiempo es apremiante, somos víctimas de nuestra lengua y de
los procederes que, de manera casi inconsciente, permean nuestro diario vivir.
Los látigos que castigan el alma han desaparecido y el nuevo amanecer
resplandece ante nuestros ojos. Es solo cuestión de creer que un nuevo día
transcurre. La fe no puede ser hallada en el porvenir, ella se revela en el
presente y nos convence en un futuro que pronto será realidad y no imaginación difusa.
Sentado a la vera de una substancia esencial vives epifanías
a veces carentes de significancia en la posteridad. No obstante, la
magnanimidad te abraza y la entregas en mis manos, deséala pues es buena; el espíritu
magnánimo encuentra las llaves que te darán acceso a la libertad.
Accede a la viña, encontrarás toda suerte de formas, olores
y gustos que a tu entendimiento serán como manjar arcano, inacabable. Pero no
te excedas, el capataz te ha dejado entrar, sin embargo tu salida puede llegar
a ser imposible. Reflexiona sobre lo que los frutos te ofrecen, critica la
antigua senda, no aceptes el regalo del gendarme. Fuego caerá sobre tu cabeza”
El viajero Aiwass se quedó en silencio. Después de escuchar
lo que tenía que decirme recosté mi cabeza y mis espaldas sobre una gran roca
negra, de la que salían insectos del desierto de tanto en tanto. Con el potente
sol sobre mi rostro medité en aquellas palabras y noté que las ideas entraban a
mis orificios nasales con un aroma dulzón similar al del cobre en quema. Una
fuerza reparadora recorrió mis huesos, la esperanza que habita los aires colmó
mi ser y una voz de ángel me dijo: “Ciertamente eres un ser de luz, proyecta
ese gozo que encontraste en la viña”
Desde ese momento fui libre.
