viernes, 30 de mayo de 2014

Rocío nocturno en Do menor (Tränental der Seele)

De aquella gruta añorada emanan ondas represivas que acallan los vastos mares reflectores de luz multicolor. Las representaciones y expresiones fluyen por canales basales dotados de toda clase de dones y en cuyo seno reposan bestias arcanas, aún sin clasificar.

Sale el sol pero no alumbra el sendero, la habitación queda vacía. La tarde ilumina el camino, no obstante el antiguo espectro aparece abruptamente a manera de un inmenso y nefasto muro. Caminante inútil, insuficiente, poco hombre, no clasifica, no es deseado, no puede, no sabe.
Llega la oscuridad de la noche, el cielo y los engendros primarios yacen calmos cuando se escuchan sus diáfanos mantras, ascendentes a través del altar del templo como humo de incienso purificador. Esa calma exasperante no permite al órgano ecuatorial detenerse en aquel vacío. Hacia el norte marchan ejércitos y galopan equinos invisibles de sangre fría, pero en el sur el desierto intenta florecer, no hay suficiente líquido plateado.

El faraón llega al límite del acantilado. El horizonte se encuentra nebuloso y las cuatro estaciones ocurren en segundos. Sus ojos son testigos, algunas escenas son placenteras a su espíritu, otras le antojan correr. El desea lanzarse pero la luna y las estrellas le llaman a gritos.

Oídos que no escuchan aquella lanza en mi costado, la crucifixión se ha consumado, puedo bajar de la cruz cientos de veces, ver las heridas, sonreirle a mi verdugo y suplicarle reciprocidad, aún si el precio es subir de nuevo hasta que la sangre sea el agua que rocíe de noche el valle de lágrimas del alma. El cielo se pone en silencio y oscurece. Todavía espero.

martes, 20 de mayo de 2014

Coccoon

I

Rompiste los grilletes y volviste tu rostro a mí. La espera fue un presente inesperado. Hoy puedo inteligir lo ininteligible, saborear los sonidos de tu presencia, ver tu alma vibrar al imponer mis manos sobre tu entendimiento, lamer y degustar tu espíritu, devolvernos en un frenesí púrpura ¡Oh mujer de espíritu y fuerza de tigre! ¿Qué he hecho para merecer estos honores celestiales? Pues tu regazo es fuente de vida, los sonidos de tu ser melodía que embriaga y tu aroma narcótico que alivia. No sea yo un necio que permite que los laberintos sombríos hagan extraviar nuestras razones. Enterremos entonces, a la mañana siguiente, aquellos occisos que encontramos y profanamos con un luchar de voces cuya morada se encuentra en las cimas más lejanas. Bajemos sin prisa y si lo deseas, enseñame a dar pasos firmes sobre el lodo movedizo de la desesperación y las ansias que nacen la ausencia. Desgarrame, quiebra cada hueso, has renacer mis células y reconstruye los tejidos, bautizame pues soy nueva criatura. Quiero gritar mi renacer.

II

Nazco de nuevo, tu música transforma mis colores, las formas baten sus alas a tu alrededor, puedo ver las estrellas viajando a velocidades inconmensurables a través de tu rostro. Tu sonrisa puede contarme relatos que sólo mis oídos logran escuchar, entonces decido comparar la forma en que el viento acaricia y excita las figuras femeninas de los arboles con tu sola presencia, me maravilló y mi mente se nubla. No sé que decir. Te invito a pasar y pruebas los manjares asimétricos que pululan en los campos nocturnos. Terrenos vírgenes eran a nuestras ventanas pero hoy las páginas de tu libro he comenzado a recorrer, la historia se desarrolla y nos podemos leer. Asentiste a mi insinuación y así parimos la perfección.

III

Yacen los amantes sobre el prado de Eros pero el no fue invitado o tal vez no le fue posible acercarse a nuestra verá. Tomamos el barco con destino a terrenos fértiles inundados por la magra psicodelia. El ojo que viste, nunca dejó caer su párpado. Descubriste misterios, ellos te fueron revelados y diste la talla. Nos unimos, nos fusionamos de forma etérea, por lo tanto la frontera que nos define y diferencia es diáfana y nuestras almas cristalizadas duermen en un capullo que tal vez algún día eclosione y llame a este mundo al ser cuyas alas batirá con el bombeo de tu sangre y la mía. Ya no veo ningún cadáver, todos los enterramos juntos. Ahora mis ojos están en ti, son tus ojos. Mi otro yo.

viernes, 9 de mayo de 2014

Sofferenza, incertezza, attesa.



Caía una copiosa lluvia sobre el valle de los muertos y Miguel se hallaba luchando, entregando todas sus fuerzas contra huestes infinitas de demonios, pues su diosa se encontraba encadenada en las angustiosas bóvedas infernales del Apolión.

La razón que usualmente guía al hombre a pensar con cordura, no podía verse en la mente del joven Miguel, su único objetivo era salvar a su mujer y tenerla de nuevo en sus brazos. Cada puño, cada patada y cada vez que enterraba su espada podía ver la imagen de Spes, la diosa de la esperanza. No soportaba la idea de tenerla lejos y mucho menos bajo tortura. Todas las fuertes heridas causadas por espadas, escudos, lanzas y golpes no dolían tanto como el sufrimiento y la angustia que crecía segundo a segundo sin saber el estado de su fémina. El horizonte reflejaba los hermosos cabellos negros, la piel blanca perlada y los ojos de ángel de una bella mujer que un día cambió su vida.

La batalla culminó 100 años después de su inicio y las energías del joven solo alcanzaban para caminar el pequeño trayecto hacia la prisión, liberar a su amor, tenerla entre sus brazos y tal vez huir. Se dirigió a paso lento, cojeando y tomando con su mano media lanza clavada en su costado derecho, la sangre abundaba. Se hallaba en un lugar tormentoso, se olía el azufre y se podían oír los lamentos de los presos, en su mayoría inocentes, rogando por su salvación y pronto descanso. Sin embargo, no llegaban a sus oídos los gritos o el llanto de Spes. Entró en desesperación y milagrosamente corrió en busca de ella armado de valor. Finalmente la encontró.

Era una gruta enorme, en la pared del fondo se hallaba una hermosa mujer encadenada, cada eslabón se asemejaba a un gran toro, además con su mismo peso, parecía imposible pero Miguel creía fervientemente que el amor verdadero todo lo puede.
Spes no habló al verlo, su semblante era el de una persona seria, pensativa, amarga, sin indicios de emoción o cariño ante la aparición del héroe de mil batallas que venía a manera de salvador.

-          ¿Qué haces aquí? Preguntó ella – No te pedí que vinieras, tu presencia no es necesaria.

-          Pero yo… -

El joven tartamudeo a causa de la amarga sorpresa de aquel terrible momento. No podía hablar y su rostro expresaba un dolor tan oscuro y grande como aquella prisión.

Ella continuó:
-Sé que has asesinado y luchado en mi nombre, entregándolo todo en el campo de batalla. Que tus energías ahora son nulas y que tu más grande anhelo es mi bienestar. No obstante, yo no te pedí salvarme, tu ayuda no ha sido requerida. Ahora pues, vuélvete hacía el camino que ya has recorrido, camina sobre él y tal vez algún día volvamos a vernos. Yo sola podré salir de aquí ¡Largo!

Lleno de frustración y sintiéndose inútil dijo Miguel:
-          Ven conmigo amor de mis días, felicidad de mis noches. Regocijémonos pues tu hombre ha venido a rescatarte.

Ella permaneció en silencio.

Entonces él se puso sobre sus rodillas y suplicó a Spes que no escogiera el sufrimiento de aquella morada infernal, que escogiera el cariño y el gozo que juntos creaban y juró mirando al cielo que todo saldría bien.

-          ¡No! Gritó ella.

Así, Miguel rasgó sus vestiduras y se escuchó un grito y un llanto como jamás se habían percibido en aquel horrendo lugar repleto de sufrimiento. A continuación, el joven hizo caso a su amada, le dio la espalda y con su corazón de cristal hecho trizas, su felicidad reducida a cenizas y un cuerpo aporreado atravesó un camino lleno de muerte y soledad, dirigiéndose a la cima de la montaña donde alguna vez los dos se juraron amor eterno. La desilusión lo colmaba, se sentó y esperó a su diosa pacientemente. Sin embargo, después de más de medio siglo ella no ha vuelto. La lluvia nunca amainó y Miguel nunca supo cuál fue su error.