Para ti mi amada, mi amiga, mi compañera, mi confidente, mi aliada, mi cómplice...y lo más importante mi mujer, la mujer de mi vida.
El arcángel Mijail, cuyo nombre significa “¿Quién como Dios?”,
realizaba un gran periplo por los rincones más lejanos en donde habitan los
seres vivientes jamás vistos por los ojos de un mortal. Este era uno de esos
viajes de rutina en los que Mijail aprendía y comprendía secretos
inimaginables, epifanías traslucidas que llenaban su interior de sabiduría que
en pocas ocasiones los mortales lograban comprender. Ahora el arcángel era
mortal, sin embargo sus habilidades le acompañaban hasta el día en que
falleciera.
Regresó Miguel a la tierra a ver su amada Spes, anhelaba
tanto su calor y sus fragancias tan penetrantes, esas caricias que arrebataron
su virginidad angelical y todos los sonidos articulados por aquel ser que le
hizo sentir tantas inexplicables sensaciones en sus entrañas. Al llegar a sus
aposentos la ausencia de la fémina llenaba aquel lugar. Su corazón se angustio
y salió a buscarla.
Su corazón le llevó a un lugar tan oscuro como el ébano,
sitio de grandes y violentas batallas, la tristeza era la reina del lugar y el dolor
su compañero de trono. En el centro de aquel lugar de penumbras, similar a un
desierto negro, se hallaba un abismo infinito llamado “El abismo de die
Verzweiflung” Al acercarse a tan tenebroso sitio él pudo sentir el dolor en su corazón
y las lágrimas comenzaron a brotar de sus fanales. ¡Qué difícil era entrar ahí para
él! El reino de los cielos, el trono de Elohim y el jardín del Edén eran tan
distintos a aquel nefasto lugar. Su corazón no comprendía lo que veía ni lo que
su alma percibía, era un total ignorante. Avanzó entonces en medio de la penumbra
para llegar al límite del suelo y el abismo, su pie derecho sintió el último
tramo de suelo firme y entonces se detuvo y se inclinó hacia adelante para
divisar el profundo vacío que se dibujaba dentro del hoyo sin fin. Segundos después
sintió el aroma de su mujer y fue allí cuando logro ver a una hermosa Spes
atrapada en medio de la oscuridad. El dolor, la angustia y la desesperación se proyectaban
a través de su rostro, lo cual fue frustrante para el joven varón. No obstante,
aun sin saber cómo la sacaría de aquella prisión dijo:
-
No desfallezcas, he aquí he venido a sacarte de
este suplicio.
Ella respondió:
-
No sabes el dolor que me causa estar aquí, ni
todos los astros visitados por tu espíritu te han podido enseñar este
sufrimiento. Apúrate o moriré.
Miguel sabía que sus habilidades angelicales eran limitadas
en el planeta azul pero su decisión fue tal, que se lanzó al abismo sin
importar nada excepto la vida de su amada. A su corazón, su propia vida al lado
de la de su mujer no valía nada pues su vida era que ella estuviera bien.
Cayendo en el precipicio pensó:
-
Aquí voy, si he de morir hoy que sea para darte
la vida. Espero que mi patética vida sea un sacrificio suficiente para
redimirla y salvar tu preciosa alma. Te amo, amor de mis días.
Al estar cerca de ella, Miguel alcanzó a tomar de manera
violenta el delicado y hermoso pie derecho de Spes. Inmediatamente, comenzaron
a flotar con dirección al firmamento. Las cadenas que aprisionaban a la
preciosa mujer se rompieron, Miguel trepó el cuerpo de la fémina para quedar a
su altura mientras los dos ascendían. La miró a los ojos, lleno de esperanza y
amor por ella, jamás había sido tan feliz como en aquel instante. ¡Oh que
hermosos eran sus ojos! Aquellos ojos cafés llenos de un brillo indescriptible
le llenaban su alma, le contaban secretos que ni el más grande de los dioses
llego a decirle. Él sabía que donde ella estuviera ahí estaba su hogar.
Los dos sobrepasaron las oscuras nubes de aquel desierto
tenebroso y llegaron a estar por encima de la oscuridad. Era un hermoso
atardecer el que ahora sus ojos veían, las nubes repartidas por todo el
firmamento y la ardiente luz del astro mayor describían un mundo surreal,
parecido a los de los planetas visitados por Miguel, sin embargo jamás había sido
tan hermoso pues ella estaba ahí. Miguel tomó una de las manos de Spes y con su
mano derecha tomo el divino rostro de su amada y le dijo:
-
Ninguna tormenta por más grande que sea dura
para siempre. He visto las más grandes en lugares del universo que no puedes ni
imaginar y todas llegan siempre a un fin. Jamás estuve dentro de ellas pero
algo te puedo asegurar: no fueron eternas, todas terminaron y la calma y la paz
que dio a luz su fin siempre lleno mi corazón de alegría. Te amo mujer mía.
Era un hermoso día para ser feliz. Ese día los dos se
unieron, se convirtieron en un solo ser y Miguel estaba más seguro de que su
vida era PARA ELLA.