lunes, 27 de enero de 2014

Los cadáveres de los colibríes

Liset tar oss, Burzum.


¿Por qué mis fanales nunca han vislumbrado el cadáver de un colibrí?
G.A. Maglioni. Pensamientos, 2013.

Recuerdo que cuando mi pensamiento me llevaba a la laguna multicolor de mis adentros, mi mente me contaba los secretos de aquel firmamento olvidado por los amados del dios sin nombre. Yo, antigua animadversión hecha carne, descubrí la desnudez de los hijos de Elohim y advertí que mi sabiduría era insignificante. Aprendí la erudición encadenada al uso del cosmos y bebí del arco iris que caía de la luna. Sus gotas eran dulces a mi paladar, empero amargas a mi vientre. Ellas quitaron el velo de mis fanales y comprendí la vileza y la magnanimidad que habitaban mi corazón.

Hecho esto, corrí hacia ti, te encontré. Habitabas las cavernas del averno, primoroso calor mefistofélico te abrigaba. Te supliqué, te lloré pero tus ojos cerrados y cocidos por hilos de acero me desdeñaron, tus oídos colmados de silencio me desecharon. En la consumación, tus fauces esputaron maldad sobre mi ser. Con odio e indiferencia me has sentido.

Salí de tu morada lamentando en gran manera el día en que emergí de Gea. Salí al encuentro del docto Angra Mainyu y le clamé así:
-        
         -  ¡Oh hontanar de la maldad, acuérdate de mí en el día de mi aflicción! Imploro que recuerdes mis tristezas pues servidor tuyo soy. Olvida la muerte de Ahura Mazda, pues el Altísimo profirió ordenanzas sobre el precio de su existencia. Ayúdame pues a encontrar el antídoto para este padecimiento y ofrenda perenne a ti daré.

Aquel demonio, sabio y mentiroso puso su mirada sobre mí y con sonrisa de pureza, respondió:
-          
     -Vosotros los mortales ignoráis vuestro gran poder. Al verte a ti veo la mirada, el poder y la bondad de El-Shaddai, pues ¿no somos todos uno y uno es todo?

-        --  Yo soy el que soy, respondí.

Angra Mainyu continúo:
-          
      -Ciertamente, pero tus limites han sido definidos de manera codiciosa. Solo has visto tu reflejo en el pequeño lago de tu ser y aunque es cristalino, al beberlo es también veneno para tu alma. No olvides ver lo grande en lo pequeño. Recuerda que estas en todo, tu eres el omnipresente y habitas moradas sin fin, nadando en mareas cósmicas que besan y lamen las costas estelares. Entonces ¿Por qué has de sufrir por lo acontecido en las cavernas habitadas por Apolión? Los cadáveres son todos iguales, existen y no están, como aquella pequeña partícula en medio del polvo estelar, la puedes ver pero no sabes realmente en donde está. Tus sentidos alteran la realidad o es que ¿has visto alguna vez el cadáver de un colibrí? O ¿has llorado la muerte de un insecto?

      Lloré la verdad y comprendí los sigilos que me fueron confiados. Y desde aquel día comprendí que algunos cadáveres son tan solo más evidentes.

jueves, 9 de enero de 2014

Del alfarero y el forastero

Del alfarero y el forastero



Camino a su ventura, Miguel se halló en la llanura llamada “Necrópolis de Gul”. Se encontraba fatigado en gran manera por el camino recorrido y por el extenuante y refulgente astro dador de vida, por lo tanto tomó sus cosas y las situó a la vera de un par de grandes piedras que aparecían próximas al camino del joven andante. Decidió estirarse un poco, escupir las yerbas para el cansancio que constantemente mascaba y posteriormente sentarse junto a sus efectos.
Pasados treinta y tres minutos, Miguel sintió en su corazón cantar. Cantó a las pocas aves que lograba divisar en el ancho firmamento y a los reptiles sagrados que llegaban en ocasiones ante él buscando algún indicio de alimento. Así cantaba Miguel:

“¡Bestias, hermanos, camaradas! Venid ante mí pues el día ha llegado.
El día en que  la sombra estará de nuestro lado”

Por supuesto que el muchacho ni siquiera comprendía el verdadero significado de sus palabras pronunciadas mientras su garganta ardía a causa de la sequedad. Su ser le rogaba agua y alimento, sentía puntillas en su cabeza y dolor en las extremidades. Miguel sintió ya la deshidratación tan severa provocada por el periplo en el que se encontraba y cayó dormido junto a sus cosas y aquellas piedras que estaban siendo testigos de la entrada de aquel ser humano a punto de morir al mundo de las proyecciones. Aquel mundo donde los anhelos no tienen simetría, mundo anfitrión de apetencias fuera de proporción.
Los parpados del joven quitaron toda cortina y constato que se hallaba en el más hermoso bosque, un lugar nunca antes visto. Toda clase de verdes y amarillos  aparecían ante sus ojos pues se acercaba el otoño en aquel lugar, pájaros multicolores entonando canticos a las entidades ancianas llegaban a manera de imágenes dentro de sus oídos. A continuación, se topó con  un tronco, tal vez de un árbol caído, cuya corteza poseía un aspecto rugoso y que al soñador le fue similar a una figura antropomorfa durmiendo empero sin importancia para él. Sin embargo, después de desatender lo antes visto se dio cuenta de que era su padre, que ya había terminado su descanso y ahora se encontraba frente a él. Aunque carecía de cejas, lo veía como lo recordaba en su corazón.

El padre dijo:
-          Mi nombre es Lesovik. Desearía formularte una pregunta cuya respuesta es seductora de mi espíritu.

Miguel respondió:
-          Pregunta protector del bosque, fauno de la foresta, maldito entre mis sueños.

Lesovik preguntó:
-          ¿Cuál es la causa de que tu alma brille tan poco? Tu fulgor ha menguado y tu semblante ha decaído. Impetro pues, mi ser pueda escuchar tu respuesta.
El soñador no respondió pero pensaba en todo el dolor que corría por sus venas mientras sus ojos dejaban caer unas cuantas lágrimas en honor de su ángel.

Segundos después, el protector de la foresta dijo:
-          Habiendo escuchado la respuesta que mi ser anhelaba procederé a contarte el relato del alfarero y el forastero.

Lesovik con sus blancas manos mostró a Miguel un buen tronco para sentarse los dos y compartir la historia.

Estando sentados sobre lo provisto por el espíritu antiguo del bosque, la historia se empezó a oír proveniente de su boca:
-          
      - Un día, un alfarero de gran técnica e ingenio, recibió a un forastero proveniente de tierras muy lejanas y cuyo lugar para pernoctar era incierto. El artista le dio comida, cama y amor al forastero. El forastero y el alfarero obtuvieron tanto amor que la noche de aquel viajero duró aproximadamente cinco años.

Los días eran cortos y las horas breves. El idilio florecía y engordaba como el lechón que se apresta a morir. Las vasijas y demás artesanías del alfarero mejoraban de manera proporcional al amor que los dos hombres se tenían. No obstante, llegó el día en que el forastero debía continuar su ruta. La despedida fue laboriosa y antes de partir el viajero le dejó al alfarero un libro en blanco, besó sus labios, lo abrazó y partió sin derramar lágrima alguna.

La aflicción del alfarero inundó tanto su rostro como su vida entera. Su arte, es decir sus creaciones, carecía de estética y se sintió frustrado, por ende concluyó que era mejor la muerte. Pero cierto día, recordó el libro en blanco que el andante de mil caminos le obsequio al partir. Las manchas de la humedad habían descubierto una especie de tinta invisible en la portada del libro que decía: “ESCRIBE” Por lo tanto el alfarero resolvió en su corazón plasmar en aquellas endebles páginas sus pasiones idas y presentes.

Dirigiendo su mirada hacia la gran bóveda celeste, Lesovik interrumpió la historia para decirle a Miguel:

-          ¿Sabes Miguel? Dicen que Franz A. Töpfer es el mejor escritor de toda la historia de las Tierras Frías Orientales. Su evolución fue satisfactoria.


Los parpados de Miguel quitaron toda cortina e hincado en frente suyo yacía un hombre con ropas del pueblo nómada de los Tuareg, llenando su boca del líquido vital, lubricando su garganta y diciéndole de manera repetitiva: ahmehl

NOTA: AHMEHL ES ESPERANZA EN ÁRABE.

viernes, 3 de enero de 2014

Razones del exilio



Tiempo antes de partir, en un día silencioso y soleado como todos los demás, Miguel comprendió lo que en realidad sentía por su amada. Aquella revelación inmaculada llegó a su corazón después de un ensueño placentero y lleno de alegrías enigmáticas.
Al entender sus sentimientos y todo lo que ellos encerraban, decidió salir en la noche fría, correr y decirle todo a aquella mónada que de alguna manera llenaba el espacio tan grande que había en sus entretelas.
Sudoroso, cansado y sin aliento logró arribar a la morada de su ángel precioso, llamó a la puerta con inmensa emoción y dispuesto a todo. Su amada salió a su encuentro sin pronunciar saludo alguno. Miguel extendió sus manos cerradas la una con la otra y con ademan de ofrenda las abrió lentamente y dijo:
-      
           -  He aquí mi corazón. Ahora entiendo porque te amo tanto, descifré el tesoro más grande que tengo y es ese amor que me das y el que has creado en mí.

Acto seguido, el joven le pidió a su musa que tomara lo que sus manos sostenían, pues aquel regalo precioso llamado alma le pertenecía a ella por el resto de sus días. Sin embargo, aquella dama en diáfano vestido, de hermosa piel y con lágrimas en sus ojos le respondió:
-          
      - Hoy no sé si te amo. Tu corazón no es suficiente para mí, guárdalo para alguien más que no lo necesito…

Y cerrando la puerta con profunda tribulación añadió:
-         
     - Adiós Miguel, sigue tu camino hombre de mil sueños e infinitas derrotas. Tal vez, solo tal vez, algún día nuestras almas volverán a encontrarse en sueños de seda en medio del crepúsculo invernal.

Aquella noche gélida fue la más triste del año 455 de la era del rey Uzías VI y actualmente el corazón de Miguel yace roto, sucio y podrido en el desierto de los Pesares. Él no recuerda donde quedó y espera que su ángel u otra doncella encuentren su alma y la reparen.