Transitando el camino que conduce a la Gran Grieta, vi la whare de Miguel Cruz y decidí pasar un
rato para ver cómo se encontraba mi viejo amigo de la infancia (hacía diez años
que no le veía). Llamé a la puerta. Sin embargo, la única respuesta era el eco
del sonido que mis nudillos producían al golpear aquella pieza oblonga de
madera roída y llena de moho. Sabía que se encontraba dentro, mas continué mi
camino pues un arbeiter siempre debe
ser puntual y ejemplar en las labores que realiza para La Divina Maquina.
Al pasar de nuevo por la morada de Cruz, noté que el acceso
a la misma se encontraba despejado. Ingresé y parecía que mi viejo amigo había
abandonada su domicilio. No obstante, un pequeño papel sellado sobresalía de
los demás efectos del ausente dejados sobre una horrible mesa verde, llena ya
de los habituales animalitos que ocupan los lugares olvidados. A continuación, sentí
una gran apetencia por descubrir que escondía aquel papel y retiré el sello con
un cuchillo. Era una carta que manifestaba lo siguiente:
Impura mía:
¿Qué razón hay en existir sin ti? La única que encuentro es
morir por ti. Es por eso que he sentenciado mi ser. Resolví adentrarme en el
desierto de Los Pesares e ir en busca del único ser que podría entender este
absurdo y esta lánguida existencia mía. Su nombre es Melek Taus, un ser que
lloró por más de siete mil años a causa de su amada y que hoy, al igual que yo,
está cansado de vivir.
¡Amada! Sé que el gran consejero de Shaytán y del Altísimo
comprenderá mi sufrimiento y que al final mi muerte sanará este padecimiento.
Muerte de ensueño, final de serpientes y colofón de un imperecedero claustro me
esperan.
Te imploro pues, réproba mía, que aguardes en la morada del
adalid de plagas dantescas llamado Apolión.
Lujuriosamente tuyo, tu
carnal de penas eternas.
Al leer tan horrendas ofrendas y
declaraciones de amor y de lujuria, decidí quemar aquella epístola maldita pues
en el año 456 de la era de Uzías VI, la pronunciación de nombres de deidades era
cosa vedada. Arrojé las cenizas al rio azufroso camino a mi whare y comencé a
pensar en otros menesteres.
Después de un largo viaje Miguel Cruz se detuvo junto a la
orilla del fin de la existencia. Las aguas oscuras, la arena dorada y el dulce
viento no significaban nada para él, sin embargo aquella esfera dorada en el
firmamento le prometía mucho y su imagen resplandeciente susurraba a su corazón
secretos indecibles. De momento solo podía, no disfrutar, sino sentir el olor
salado y a pescado del mar, la brisa de la costa que acariciaba su pecho y el
agua y la arena lamiendo sus sucios y callosos pies. De alguna forma, estos
actores presentes en la playa le hicieron sentir confortable y el joven Miguel
durmió junto a esas frías aguas provenientes de las corrientes del norte que
llegan a regurgitar sus recuerdos en la costa.
II
Una vez más Cruz abrió las puertas
del salón donde se exuda la alegría de lo imposible y la tranquilidad de los
temores, ese mismo espacio donde la desnudez de las más bellas doncellas puede
ser conocida por mendigos de vestidos harapientos y hedor de mil frustraciones,
la habitación en la que los entes no alados conocen de forma desafiante el
viento y las nubes tormentosas.
El joven se puso cómodo en aquel
salón pues era una especie de lobby con hermosos y robustos sillones. Sin
embargo al cabo de una hora se sintió irritado pues sentía que esperaba de
manera absurda algo que no sabía en qué momento llegaría. Así pues, decidió
abrir la única puerta distinta a la que utilizó para acceder al hermoso e
iluminado espacio. Esta otra puerta parecía inmaculada, novísima, nunca nadie había tocado aquella forma oblonga hecha de madera de
teca, aldaba de oro macizo mostrando el rostro de Baal zebub, bisagras de oro
blanco, cerradura con incrustaciones de diamantes cuyas dimensiones eran
irreales y una manija que ilógicamente era como hecha de leche, por ende no
había forma de abordarla con las manos. No obstante, cuando Miguel decidió
tomar la manija esta se solidifico y el joven pudo abrir la hermosa puerta.
III
Al alzar sus ojos (pues los había
cerrado a causa del terror de no conocer lo que había tras la puerta) se vio en
la parte de atrás de lo que era similar a una sala de cine antigua y elegante.
El teatro poseía 69 sillas forradas con el más fino de los cueros, todas
estaban ordenadas de manera razonable y las dividían dos pasillos, uno a cada
extremo del cine, además el joven Cruz logró divisar algunas lámparas del más
exquisito gusto y la gran pantalla del teatro. Cuando las luces se
extinguieron, el proyector se encendió y produjo aquel sonido inconfundible
mientras reproducía las primeras imágenes sobre el inmenso toldo. Enseguida un
olor a azufre muy intenso penetró en el cuarto y aunque se adentró en los
orificios nasales del muchacho, él no se percató pues estaba absorto apreciando
la belleza de las imágenes donde el protagonista era un niño llamado Miguel Ángel
Cruz.
Cuando volvió en sí descubrió que
todas las sillas, excepto una, habían sido ocupadas por hombres y mujeres de
todas las edades. Aquellos asistentes a la función vestían ostentosas ropas que
daban a conocer su estatus de alta alcurnia y poder inimaginable, algunos
parecían no ser humanos y otros humanos sin alma. Ninguno le pareció familiar y
por eso se sintió cómodo de ocupar el lugar que estaba vacío y que parecía
había sido reservado especialmente para él. No obstante, al dar el primer paso
las luces volvieron a encenderse, el proyector se apagó y todas las personas
allí presentes volvieron sus rostros hacia él, acto seguido se pusieron en pie
e hicieron una gran ovación pues él era el protagonista en persona. A
continuación, todos regresaron a sus puestos como si nada hubiese sucedido y
una melodía tenebrosa de órganos y voces como de un conjunto de sombras
interpretando un réquiem resonaba en el teatro. El proyector volvió a emitir
aquel clásico sonido, pero las imágenes en la pantalla tenían la apariencia de
aquellas películas mudas de antaño, con movimientos irregulares y rápidos de
los actores y los objetos que se movían. La melodía acompañaba muy bien la
escena. Era la primera experiencia sexual de Miguel.
IV
En la pantalla, un niño como de 9
años bastante delgado y cuyas extremidades lucían horrendos hematomas, algunas
heridas con pus y músculos tensionados a causa del doloroso coito. En acto de
penetración activa, se encontraba un hombre bastante mayor de largas y negras
barbas, cabeza rapada, nariz larga y puntiaguda, complexión promedio y una
barriga inmensa. Mientras aquel hombre penetraba al niño con su gigante miembro
erecto daba a conocer con su rostro una excitación cargada de tristeza y amor
al mismo tiempo. Miguel, al ver las imágenes y al público embriagado de
excitación, decidió ponerse en pie e interrumpir aquel momento de tenebroso
entretenimiento lanzando voces como de loco:
-¡He aquí el que vuestra noche entretiene! ¡Contemplad
al infante que colma vuestros ojos sedientos de coito anormal y lujuria
inaceptable!
El muchacho al notar que todos
estaban prestándole atención mientras las imágenes del acto sexual continuaban,
se calmó y abriendo sus brazos como si estuviese siendo crucificado por el
dolor continuó:
-Un humano como cualquiera de vosotros, quien a
pesar de todo amó a su progenitor, lo veneró y honró hasta el día de su deceso.
Yo, un ser arrancado del polvo terráqueo lleno del aliento divino y que hoy
llegó a convertirse en… ¡esto!
Al pronunciar
su última palabra como con voz gutural, rasgó sus vestidos negros y
completamente desnudo paso al frente de la audiencia, con una gran erección que
sobresalía de todo lo demás. Las imágenes se proyectaban sobre su joven cuerpo
de piel blanca. El muchacho estaba fuera de sí, estaba inconsciente dentro de
su propio sueño, sabe Dios en qué mundo habitaba en aquellos instantes. De
repente, una mujer se puso de pie en medio de la audiencia y dijo en voz alta:
-Oh mi querido Miguel, el espíritu ciertamente
esta dispuesto pero la carne es débil… tu cuerpo jamás olvidará las hermosas y
apasionadas caricias de esas manos paternas, esas mismas manos que te amaron
más que nadie, más que yo.
En aquel momento, el rostro de
Abrahel se le hizo visible en aquella mujer de una manera que jamás nadie podrá
describir y en tanto ella le veía fijamente una voz en su mente decía: “sino
mírate” Miguel bajó su mirada y muchos de los asistentes, adultos y niños,
estaban arrodillados frente a él admirando como sus manos autómatas rodeaban su
miembro erecto a punto de eyacular.
V
La arena ya no estaba húmeda y
las aguas ahora se veían a una distancia considerable. La erección permanecía y
sus miembros ahora exhibían grandes hematomas y heridas fétidas. El mundo de
los sueños ya no era seguro.
¿Quién como yo? Si yo soy mi propio Dios, si yo soy todo lo que realmente conozco. ¿No soy yo el Altísimo, el que creo todo desde el principio y holló la cabeza de Baalial? Yo vencí al demonio pedante, al hijo de arrogancia y me gané mi estandarte.
Mi nombre, mis contradicciones, mis impurezas, mis afanes y mis placeres son míos y de nadie más. No sea que descubra mi corazón que soy otro y este yo ad portas de mi caída.
Habitando el averno lleno de la cálida brisa del pecado y la
corrupción de los hijos de perdición, Miguel palpaba las impresiones carnales
que inundaban su inconsistente corazón y logró percibir la mirada penetrante y sensual
de una fémina. Al percatar que su inquisidora mirada había sido revelada ante
aquel joven de rojos cabellos, Abrahel no pudo resistir la desgarradora
fascinación que fluía por esa hermosa entidad cuya naturaleza demoníaca era
imposible esconder. Sus pasos lentos hacían mover sus caderas destellantes en
vaivenes sugestivos y aumentaban su proximidad con el imberbe Cruz, que
experimentaba a su vez el olor y el sabor del sexo de aquel inmaculado súcubo en
una especie de desmayo inminente. Lubricó su sedienta garganta y pronunció
estas palabras:
-Me entrego hoy a ti ¡oh mefistofélica criatura! pues mi
voluntad es poca y ciertamente mi espíritu no está dispuesto a las sazones de
lo bienaventurado. Te imploro pues, me embadurnes con el fluido de tus concupiscencias
y me manches con las pasiones que sedujeron al difunto Pierrot.
Abrahel tocando el pecho de Miguel con lujurioso ademán dijo:
-De cierto te digo amado efímero, que limpio te he
encontrado de toda pureza y que verdaderamente tu alma aborrece todo cuanto es
seráfico, pero tu hora aún no ha atracado en las costas de mi habitación
infernal. Ciertamente te deseo, mas no es menester conjugarnos en acto perenne.
A pesar de las emociones contradictorias que estas palabras
le hacían sentir, Cruz lanzo su rostro e imprimió un beso en los labios
tórridos de Abrahel, un ósculo lleno de pasiones y sexualidad que los unió para
siempre en aquel momento de tenebrosidad y cuyo corazón mortal deseaba tanto. Inesperadamente,
el despertador sonó y comenzaba otro nefasto día lleno de hermosa luz.
Cuando Miguel resolvía en su corazón hundirse en el mar del
olvido, dormía.
Al acercarse a aquel
lugar donde el mundo se transforma a voluntad, donde los límites son difusos y
los impulsos se agotan, el joven de hombros anchos y estatura baja solía mover
en cortos, pero fuertes movimientos “parkinsonianos” sus ojos, piernas y dedos
de las manos como si la energía gastada durante el tedioso día estuviese siendo
recargada a través de su cuerpo, azotado y herido por los afanes que son
comunes en el día de un arbeitermás. El soare alumbraba con tenues, aunque
penetrantes, rayos rojos, y durante toda su travesía por la región donde el
muchacho entregaba su vida y veía los segundos de su existencia desvanecerse,
el astro era testigo del sufrimiento que, junto con su luz, parecían oscurecerse bajo la sombra de la
reconfortante sensación que al joven le provocaba vivir en el mundo de sus
sueños.
En la oscuridad los gases que emergían de los terrenos secos
de aquella región, hacían impensable regocijarse bajo las luces dibujadas en el
firmamento. Por eso en ese momento, ya no existía vida y las siete paredes de
la wharede Miguel Cruz eran las únicas que
atestiguaban su sentir. Sin embargo, él era el único que podía escuchar su
corazón y de tanto en tanto le cantaba y le pedía consejos a su mente:
-¡Oh noche! ¿En donde habitan y se deleitan tus ojos? ¿Cuál
es la simetría de esas curvas y carnes que los soñadores desean acariciar?
¿Cuál es ese sexo que noche a noche recorro con mi lengua de fuego y penetro
con mi corazón salvaje? Han conspirado las ansias y el ardor contra mí y no han
podido arrancarme este momento solemne de adoración y sensualidad que empapa
mis poros. ¡Oh magnifica oscuridad! Abrígame con los brazos de las galaxias que
se expanden en tus entrañas podridas a causa de tu interminable soledad.
Pensando así y cuestionándose los procederes de los días
idos y los venideros, llegaba el momento tan esperado: sus ojos conocían a su
amada oscuridad y el universo de lo intangible aparecía ante él.
Tal vez se pensará que el joven Cruz hacía uso de aquel
proceso natural para huir de sus miedos y problemas. No. Él dormía y soñaba
para ser consciente de la existencia de su mente y la eternidad que su ser
escondía con tanto recelo. Lo que quería olvidar era esa persona que le
atormentaba día a día. Miguel era mudo.
Miguel es un ser del cual por el momento no sabemos mucho,
pues su historia se escribe día a día, aunque su nacimiento no fue hace mucho.
Al parecer no es terrícola, o tal vez solo vive en un planeta Tierra cuya era
es totalmente distinta a la nuestra.
Es un ser masculino, que sufre, que vive, que siente. Ávido de nuevas experiencias que acaben con su tediosa vida y llenen su corazón de
inmensa emoción e inagotable gozo.
Alma llena de vacíos, debilidades y esquinas oscuras en
donde yacen los más tenebrosos sinsabores de la experiencia que da luz a las
ideas de su propia existencia.
Conozcamos un poco más del sujeto que ama soñar, que desea
lo prohibido y cuyo nombre es un número. Cifra del dios de los ciegos, número
de maldad que lo hace hijo de Sammael (סמאל)
y residente de los Qlippoth, espacios demoniacos olvidados por el Altísimo. Hoy,
día de la desgracia conoceremos al hombre cuyo número es el 11.