Del alfarero y el forastero
Camino a su ventura, Miguel se halló en la llanura llamada “Necrópolis
de Gul”. Se encontraba fatigado en gran manera por el camino recorrido y por el
extenuante y refulgente astro dador de vida, por lo tanto tomó sus cosas y las situó
a la vera de un par de grandes piedras que aparecían próximas al camino del
joven andante. Decidió estirarse un poco, escupir las yerbas para el cansancio
que constantemente mascaba y posteriormente sentarse junto a sus efectos.
Pasados treinta y tres minutos, Miguel sintió en su corazón
cantar. Cantó a las pocas aves que lograba divisar en el ancho firmamento y a
los reptiles sagrados que llegaban en ocasiones ante él buscando algún indicio
de alimento. Así cantaba Miguel:
“¡Bestias, hermanos, camaradas! Venid ante mí pues el día ha llegado.
El día en que la sombra estará de nuestro lado”
Por supuesto que el muchacho ni siquiera comprendía el verdadero significado de sus palabras pronunciadas mientras su garganta ardía a causa de la sequedad. Su ser le rogaba agua y alimento, sentía puntillas en su cabeza y dolor en las extremidades. Miguel sintió ya la deshidratación tan severa provocada por el periplo en el que se encontraba y cayó dormido junto a sus cosas y aquellas piedras que estaban siendo testigos de la entrada de aquel ser humano a punto de morir al mundo de las proyecciones. Aquel mundo donde los anhelos no tienen simetría, mundo anfitrión de apetencias fuera de proporción.
Los parpados del joven quitaron toda cortina y constato que
se hallaba en el más hermoso bosque, un lugar nunca antes visto. Toda clase de verdes
y amarillos aparecían ante sus ojos pues
se acercaba el otoño en aquel lugar, pájaros multicolores entonando canticos a
las entidades ancianas llegaban a manera de imágenes dentro de sus oídos. A continuación,
se topó con un tronco, tal vez de un árbol
caído, cuya corteza poseía un aspecto rugoso y que al soñador le fue similar a
una figura antropomorfa durmiendo empero sin importancia para él. Sin embargo, después de
desatender lo antes visto se dio cuenta de que era su padre, que ya había terminado
su descanso y ahora se encontraba frente a él. Aunque carecía de cejas, lo veía
como lo recordaba en su corazón.
El padre dijo:
-
Mi nombre es Lesovik. Desearía formularte una
pregunta cuya respuesta es seductora de mi espíritu.
Miguel respondió:
-
Pregunta protector del bosque, fauno de la
foresta, maldito entre mis sueños.
Lesovik preguntó:
-
¿Cuál es la causa de que tu alma brille tan
poco? Tu fulgor ha menguado y tu semblante ha decaído. Impetro pues, mi ser
pueda escuchar tu respuesta.
El soñador no respondió pero pensaba en todo el dolor que corría
por sus venas mientras sus ojos dejaban caer unas cuantas lágrimas en honor de
su ángel.
Segundos después, el protector de la foresta dijo:
-
Habiendo escuchado la respuesta que mi ser
anhelaba procederé a contarte el relato del alfarero y el forastero.
Lesovik con sus blancas manos mostró a Miguel un buen tronco para sentarse los dos y compartir la historia.
Estando sentados sobre lo provisto por el espíritu antiguo del bosque, la historia se empezó a oír proveniente de su boca:
-
- Un día, un alfarero de gran técnica e ingenio, recibió a un forastero proveniente de tierras muy lejanas y cuyo lugar para pernoctar era incierto. El artista le dio comida, cama y amor al forastero. El forastero y el alfarero obtuvieron tanto amor que la noche de aquel viajero duró aproximadamente cinco años.
- Un día, un alfarero de gran técnica e ingenio, recibió a un forastero proveniente de tierras muy lejanas y cuyo lugar para pernoctar era incierto. El artista le dio comida, cama y amor al forastero. El forastero y el alfarero obtuvieron tanto amor que la noche de aquel viajero duró aproximadamente cinco años.
Los días eran cortos y las horas breves. El
idilio florecía y engordaba como el lechón que se apresta a morir. Las vasijas
y demás artesanías del alfarero mejoraban de manera proporcional al amor que
los dos hombres se tenían. No obstante, llegó el día en que el forastero debía continuar
su ruta. La despedida fue laboriosa y antes de partir el viajero le dejó al
alfarero un libro en blanco, besó sus labios, lo abrazó y partió sin derramar lágrima
alguna.
La aflicción del alfarero inundó tanto su
rostro como su vida entera. Su arte, es decir sus creaciones, carecía de estética
y se sintió frustrado, por ende concluyó que era mejor la muerte. Pero cierto
día, recordó el libro en blanco que el andante de mil caminos le obsequio al
partir. Las manchas de la humedad habían descubierto una especie de tinta
invisible en la portada del libro que decía: “ESCRIBE” Por lo tanto el alfarero
resolvió en su corazón plasmar en aquellas endebles páginas sus pasiones idas y
presentes.
Dirigiendo su mirada hacia la gran bóveda celeste, Lesovik interrumpió
la historia para decirle a Miguel:
-
¿Sabes Miguel? Dicen que Franz A. Töpfer es el
mejor escritor de toda la historia de las Tierras Frías Orientales. Su evolución
fue satisfactoria.
Los parpados de Miguel quitaron toda cortina e hincado en
frente suyo yacía un hombre con ropas del pueblo nómada de los Tuareg, llenando
su boca del líquido vital, lubricando su garganta y diciéndole de manera
repetitiva: ahmehl
NOTA: AHMEHL ES ESPERANZA EN ÁRABE.
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