Habitando el averno lleno de la cálida brisa del pecado y la
corrupción de los hijos de perdición, Miguel palpaba las impresiones carnales
que inundaban su inconsistente corazón y logró percibir la mirada penetrante y sensual
de una fémina. Al percatar que su inquisidora mirada había sido revelada ante
aquel joven de rojos cabellos, Abrahel no pudo resistir la desgarradora
fascinación que fluía por esa hermosa entidad cuya naturaleza demoníaca era
imposible esconder. Sus pasos lentos hacían mover sus caderas destellantes en
vaivenes sugestivos y aumentaban su proximidad con el imberbe Cruz, que
experimentaba a su vez el olor y el sabor del sexo de aquel inmaculado súcubo en
una especie de desmayo inminente. Lubricó su sedienta garganta y pronunció
estas palabras:
-Me entrego hoy a ti ¡oh mefistofélica criatura! pues mi
voluntad es poca y ciertamente mi espíritu no está dispuesto a las sazones de
lo bienaventurado. Te imploro pues, me embadurnes con el fluido de tus concupiscencias
y me manches con las pasiones que sedujeron al difunto Pierrot.
Abrahel tocando el pecho de Miguel con lujurioso ademán dijo:
-De cierto te digo amado efímero, que limpio te he
encontrado de toda pureza y que verdaderamente tu alma aborrece todo cuanto es
seráfico, pero tu hora aún no ha atracado en las costas de mi habitación
infernal. Ciertamente te deseo, mas no es menester conjugarnos en acto perenne.
A pesar de las emociones contradictorias que estas palabras
le hacían sentir, Cruz lanzo su rostro e imprimió un beso en los labios
tórridos de Abrahel, un ósculo lleno de pasiones y sexualidad que los unió para
siempre en aquel momento de tenebrosidad y cuyo corazón mortal deseaba tanto. Inesperadamente,
el despertador sonó y comenzaba otro nefasto día lleno de hermosa luz.
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