I
Después de un largo viaje Miguel Cruz se detuvo junto a la
orilla del fin de la existencia. Las aguas oscuras, la arena dorada y el dulce
viento no significaban nada para él, sin embargo aquella esfera dorada en el
firmamento le prometía mucho y su imagen resplandeciente susurraba a su corazón
secretos indecibles. De momento solo podía, no disfrutar, sino sentir el olor
salado y a pescado del mar, la brisa de la costa que acariciaba su pecho y el
agua y la arena lamiendo sus sucios y callosos pies. De alguna forma, estos
actores presentes en la playa le hicieron sentir confortable y el joven Miguel
durmió junto a esas frías aguas provenientes de las corrientes del norte que
llegan a regurgitar sus recuerdos en la costa.
II
Una vez más Cruz abrió las puertas
del salón donde se exuda la alegría de lo imposible y la tranquilidad de los
temores, ese mismo espacio donde la desnudez de las más bellas doncellas puede
ser conocida por mendigos de vestidos harapientos y hedor de mil frustraciones,
la habitación en la que los entes no alados conocen de forma desafiante el
viento y las nubes tormentosas.
El joven se puso cómodo en aquel
salón pues era una especie de lobby con hermosos y robustos sillones. Sin
embargo al cabo de una hora se sintió irritado pues sentía que esperaba de
manera absurda algo que no sabía en qué momento llegaría. Así pues, decidió
abrir la única puerta distinta a la que utilizó para acceder al hermoso e
iluminado espacio. Esta otra puerta parecía inmaculada, novísima, nunca nadie había tocado aquella forma oblonga hecha de madera de
teca, aldaba de oro macizo mostrando el rostro de Baal zebub, bisagras de oro
blanco, cerradura con incrustaciones de diamantes cuyas dimensiones eran
irreales y una manija que ilógicamente era como hecha de leche, por ende no
había forma de abordarla con las manos. No obstante, cuando Miguel decidió
tomar la manija esta se solidifico y el joven pudo abrir la hermosa puerta.
III
Al alzar sus ojos (pues los había
cerrado a causa del terror de no conocer lo que había tras la puerta) se vio en
la parte de atrás de lo que era similar a una sala de cine antigua y elegante.
El teatro poseía 69 sillas forradas con el más fino de los cueros, todas
estaban ordenadas de manera razonable y las dividían dos pasillos, uno a cada
extremo del cine, además el joven Cruz logró divisar algunas lámparas del más
exquisito gusto y la gran pantalla del teatro. Cuando las luces se
extinguieron, el proyector se encendió y produjo aquel sonido inconfundible
mientras reproducía las primeras imágenes sobre el inmenso toldo. Enseguida un
olor a azufre muy intenso penetró en el cuarto y aunque se adentró en los
orificios nasales del muchacho, él no se percató pues estaba absorto apreciando
la belleza de las imágenes donde el protagonista era un niño llamado Miguel Ángel
Cruz.
Cuando volvió en sí descubrió que
todas las sillas, excepto una, habían sido ocupadas por hombres y mujeres de
todas las edades. Aquellos asistentes a la función vestían ostentosas ropas que
daban a conocer su estatus de alta alcurnia y poder inimaginable, algunos
parecían no ser humanos y otros humanos sin alma. Ninguno le pareció familiar y
por eso se sintió cómodo de ocupar el lugar que estaba vacío y que parecía
había sido reservado especialmente para él. No obstante, al dar el primer paso
las luces volvieron a encenderse, el proyector se apagó y todas las personas
allí presentes volvieron sus rostros hacia él, acto seguido se pusieron en pie
e hicieron una gran ovación pues él era el protagonista en persona. A
continuación, todos regresaron a sus puestos como si nada hubiese sucedido y
una melodía tenebrosa de órganos y voces como de un conjunto de sombras
interpretando un réquiem resonaba en el teatro. El proyector volvió a emitir
aquel clásico sonido, pero las imágenes en la pantalla tenían la apariencia de
aquellas películas mudas de antaño, con movimientos irregulares y rápidos de
los actores y los objetos que se movían. La melodía acompañaba muy bien la
escena. Era la primera experiencia sexual de Miguel.
IV
En la pantalla, un niño como de 9
años bastante delgado y cuyas extremidades lucían horrendos hematomas, algunas
heridas con pus y músculos tensionados a causa del doloroso coito. En acto de
penetración activa, se encontraba un hombre bastante mayor de largas y negras
barbas, cabeza rapada, nariz larga y puntiaguda, complexión promedio y una
barriga inmensa. Mientras aquel hombre penetraba al niño con su gigante miembro
erecto daba a conocer con su rostro una excitación cargada de tristeza y amor
al mismo tiempo. Miguel, al ver las imágenes y al público embriagado de
excitación, decidió ponerse en pie e interrumpir aquel momento de tenebroso
entretenimiento lanzando voces como de loco:
-
¡He aquí el que vuestra noche entretiene! ¡Contemplad
al infante que colma vuestros ojos sedientos de coito anormal y lujuria
inaceptable!
El muchacho al notar que todos
estaban prestándole atención mientras las imágenes del acto sexual continuaban,
se calmó y abriendo sus brazos como si estuviese siendo crucificado por el
dolor continuó:
-
Un humano como cualquiera de vosotros, quien a
pesar de todo amó a su progenitor, lo veneró y honró hasta el día de su deceso.
Yo, un ser arrancado del polvo terráqueo lleno del aliento divino y que hoy
llegó a convertirse en… ¡esto!
Al pronunciar
su última palabra como con voz gutural, rasgó sus vestidos negros y
completamente desnudo paso al frente de la audiencia, con una gran erección que
sobresalía de todo lo demás. Las imágenes se proyectaban sobre su joven cuerpo
de piel blanca. El muchacho estaba fuera de sí, estaba inconsciente dentro de
su propio sueño, sabe Dios en qué mundo habitaba en aquellos instantes. De
repente, una mujer se puso de pie en medio de la audiencia y dijo en voz alta:
-
Oh mi querido Miguel, el espíritu ciertamente
esta dispuesto pero la carne es débil… tu cuerpo jamás olvidará las hermosas y
apasionadas caricias de esas manos paternas, esas mismas manos que te amaron
más que nadie, más que yo.
En aquel momento, el rostro de
Abrahel se le hizo visible en aquella mujer de una manera que jamás nadie podrá
describir y en tanto ella le veía fijamente una voz en su mente decía: “sino
mírate” Miguel bajó su mirada y muchos de los asistentes, adultos y niños,
estaban arrodillados frente a él admirando como sus manos autómatas rodeaban su
miembro erecto a punto de eyacular.
V
La arena ya no estaba húmeda y
las aguas ahora se veían a una distancia considerable. La erección permanecía y
sus miembros ahora exhibían grandes hematomas y heridas fétidas. El mundo de
los sueños ya no era seguro.
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