viernes, 9 de mayo de 2014

Sofferenza, incertezza, attesa.



Caía una copiosa lluvia sobre el valle de los muertos y Miguel se hallaba luchando, entregando todas sus fuerzas contra huestes infinitas de demonios, pues su diosa se encontraba encadenada en las angustiosas bóvedas infernales del Apolión.

La razón que usualmente guía al hombre a pensar con cordura, no podía verse en la mente del joven Miguel, su único objetivo era salvar a su mujer y tenerla de nuevo en sus brazos. Cada puño, cada patada y cada vez que enterraba su espada podía ver la imagen de Spes, la diosa de la esperanza. No soportaba la idea de tenerla lejos y mucho menos bajo tortura. Todas las fuertes heridas causadas por espadas, escudos, lanzas y golpes no dolían tanto como el sufrimiento y la angustia que crecía segundo a segundo sin saber el estado de su fémina. El horizonte reflejaba los hermosos cabellos negros, la piel blanca perlada y los ojos de ángel de una bella mujer que un día cambió su vida.

La batalla culminó 100 años después de su inicio y las energías del joven solo alcanzaban para caminar el pequeño trayecto hacia la prisión, liberar a su amor, tenerla entre sus brazos y tal vez huir. Se dirigió a paso lento, cojeando y tomando con su mano media lanza clavada en su costado derecho, la sangre abundaba. Se hallaba en un lugar tormentoso, se olía el azufre y se podían oír los lamentos de los presos, en su mayoría inocentes, rogando por su salvación y pronto descanso. Sin embargo, no llegaban a sus oídos los gritos o el llanto de Spes. Entró en desesperación y milagrosamente corrió en busca de ella armado de valor. Finalmente la encontró.

Era una gruta enorme, en la pared del fondo se hallaba una hermosa mujer encadenada, cada eslabón se asemejaba a un gran toro, además con su mismo peso, parecía imposible pero Miguel creía fervientemente que el amor verdadero todo lo puede.
Spes no habló al verlo, su semblante era el de una persona seria, pensativa, amarga, sin indicios de emoción o cariño ante la aparición del héroe de mil batallas que venía a manera de salvador.

-          ¿Qué haces aquí? Preguntó ella – No te pedí que vinieras, tu presencia no es necesaria.

-          Pero yo… -

El joven tartamudeo a causa de la amarga sorpresa de aquel terrible momento. No podía hablar y su rostro expresaba un dolor tan oscuro y grande como aquella prisión.

Ella continuó:
-Sé que has asesinado y luchado en mi nombre, entregándolo todo en el campo de batalla. Que tus energías ahora son nulas y que tu más grande anhelo es mi bienestar. No obstante, yo no te pedí salvarme, tu ayuda no ha sido requerida. Ahora pues, vuélvete hacía el camino que ya has recorrido, camina sobre él y tal vez algún día volvamos a vernos. Yo sola podré salir de aquí ¡Largo!

Lleno de frustración y sintiéndose inútil dijo Miguel:
-          Ven conmigo amor de mis días, felicidad de mis noches. Regocijémonos pues tu hombre ha venido a rescatarte.

Ella permaneció en silencio.

Entonces él se puso sobre sus rodillas y suplicó a Spes que no escogiera el sufrimiento de aquella morada infernal, que escogiera el cariño y el gozo que juntos creaban y juró mirando al cielo que todo saldría bien.

-          ¡No! Gritó ella.

Así, Miguel rasgó sus vestiduras y se escuchó un grito y un llanto como jamás se habían percibido en aquel horrendo lugar repleto de sufrimiento. A continuación, el joven hizo caso a su amada, le dio la espalda y con su corazón de cristal hecho trizas, su felicidad reducida a cenizas y un cuerpo aporreado atravesó un camino lleno de muerte y soledad, dirigiéndose a la cima de la montaña donde alguna vez los dos se juraron amor eterno. La desilusión lo colmaba, se sentó y esperó a su diosa pacientemente. Sin embargo, después de más de medio siglo ella no ha vuelto. La lluvia nunca amainó y Miguel nunca supo cuál fue su error.

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