Caía una copiosa lluvia sobre el valle de los muertos y
Miguel se hallaba luchando, entregando todas sus fuerzas contra huestes
infinitas de demonios, pues su diosa se encontraba encadenada en las
angustiosas bóvedas infernales del Apolión.
La razón que usualmente guía al hombre a pensar con cordura,
no podía verse en la mente del joven Miguel, su único objetivo era salvar a su
mujer y tenerla de nuevo en sus brazos. Cada puño, cada patada y cada vez que
enterraba su espada podía ver la imagen de Spes, la diosa de la esperanza. No
soportaba la idea de tenerla lejos y mucho menos bajo tortura. Todas las
fuertes heridas causadas por espadas, escudos, lanzas y golpes no dolían tanto
como el sufrimiento y la angustia que crecía segundo a segundo sin saber el
estado de su fémina. El horizonte reflejaba los hermosos cabellos negros, la
piel blanca perlada y los ojos de ángel de una bella mujer que un día cambió su
vida.
La batalla culminó 100 años después de su inicio y las energías
del joven solo alcanzaban para caminar el pequeño trayecto hacia la prisión,
liberar a su amor, tenerla entre sus brazos y tal vez huir. Se dirigió a paso
lento, cojeando y tomando con su mano media lanza clavada en su costado derecho,
la sangre abundaba. Se hallaba en un lugar tormentoso, se olía el azufre y se podían
oír los lamentos de los presos, en su mayoría inocentes, rogando por su
salvación y pronto descanso. Sin embargo, no llegaban a sus oídos los gritos o
el llanto de Spes. Entró en desesperación y milagrosamente corrió en busca de
ella armado de valor. Finalmente la encontró.
Era una gruta enorme, en la pared del fondo se hallaba una
hermosa mujer encadenada, cada eslabón se asemejaba a un gran toro, además con
su mismo peso, parecía imposible pero Miguel creía fervientemente que el amor
verdadero todo lo puede.
Spes no habló al verlo, su semblante era el de una persona
seria, pensativa, amarga, sin indicios de emoción o cariño ante la aparición del
héroe de mil batallas que venía a manera de salvador.
-
¿Qué haces aquí? Preguntó ella – No te pedí que
vinieras, tu presencia no es necesaria.
-
Pero yo… -
El joven tartamudeo a causa de la amarga sorpresa de aquel
terrible momento. No podía hablar y su rostro expresaba un dolor tan oscuro y
grande como aquella prisión.
Ella continuó:
-Sé que has asesinado y luchado en mi nombre, entregándolo todo
en el campo de batalla. Que tus energías ahora son nulas y que tu más grande
anhelo es mi bienestar. No obstante, yo no te pedí salvarme, tu ayuda no ha
sido requerida. Ahora pues, vuélvete hacía el camino que ya has recorrido,
camina sobre él y tal vez algún día volvamos a vernos. Yo sola podré salir de
aquí ¡Largo!
Lleno de frustración y sintiéndose inútil dijo Miguel:
-
Ven conmigo amor de mis días, felicidad de mis
noches. Regocijémonos pues tu hombre ha venido a rescatarte.
Ella permaneció en silencio.
Entonces él se puso sobre sus rodillas y suplicó a Spes que
no escogiera el sufrimiento de aquella morada infernal, que escogiera el cariño
y el gozo que juntos creaban y juró mirando al cielo que todo saldría bien.
-
¡No! Gritó ella.
Así, Miguel rasgó sus vestiduras y se escuchó un grito y un llanto como jamás se habían percibido en aquel horrendo lugar repleto de sufrimiento. A continuación, el joven hizo caso a su amada, le dio la espalda y con su corazón de cristal hecho trizas, su felicidad reducida a cenizas y un cuerpo aporreado atravesó un camino lleno de muerte y soledad, dirigiéndose a la cima de la montaña donde alguna vez los dos se juraron amor eterno. La desilusión lo colmaba, se sentó y esperó a su diosa pacientemente. Sin embargo, después de más de medio siglo ella no ha vuelto. La lluvia nunca amainó y Miguel nunca supo cuál fue su error.
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