De aquella gruta añorada emanan ondas represivas que acallan los vastos mares reflectores de luz multicolor. Las representaciones y expresiones fluyen por canales basales dotados de toda clase de dones y en cuyo seno reposan bestias arcanas, aún sin clasificar.
Sale el sol pero no alumbra el sendero, la habitación queda vacía. La tarde ilumina el camino, no obstante el antiguo espectro aparece abruptamente a manera de un inmenso y nefasto muro. Caminante inútil, insuficiente, poco hombre, no clasifica, no es deseado, no puede, no sabe.
Llega la oscuridad de la noche, el cielo y los engendros primarios yacen calmos cuando se escuchan sus diáfanos mantras, ascendentes a través del altar del templo como humo de incienso purificador. Esa calma exasperante no permite al órgano ecuatorial detenerse en aquel vacío. Hacia el norte marchan ejércitos y galopan equinos invisibles de sangre fría, pero en el sur el desierto intenta florecer, no hay suficiente líquido plateado.
El faraón llega al límite del acantilado. El horizonte se encuentra nebuloso y las cuatro estaciones ocurren en segundos. Sus ojos son testigos, algunas escenas son placenteras a su espíritu, otras le antojan correr. El desea lanzarse pero la luna y las estrellas le llaman a gritos.
Oídos que no escuchan aquella lanza en mi costado, la crucifixión se ha consumado, puedo bajar de la cruz cientos de veces, ver las heridas, sonreirle a mi verdugo y suplicarle reciprocidad, aún si el precio es subir de nuevo hasta que la sangre sea el agua que rocíe de noche el valle de lágrimas del alma. El cielo se pone en silencio y oscurece. Todavía espero.
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